sábado, 14 de agosto de 2010

La fiesta de las chicoteras seguirá en Tlapehuala, responden a obispo
Gregorio Urieta/Tlapehuala
“Jamás, mientras haya quien reciba la fiesta, las chicoteras seguirán”, es la respuesta inmediata, casi en coro de las guananchas, las que junto a la Guanancha mayor, fueron a entregar la vela al fiestero mayor, del Barrio de Abajo, en donde se lleva a cabo el baile y fiesta en honor de la virgen de la Asunción de María.
Y es que hace tres días el obispo Maximino Martínez Miranda, declaró a un periódico local su deseo de que en la fiesta del día 13, que los tlapehualenses designan como de las chicoteras, y que forma parte de los festejos a la asunción de María, las personas se manifestaran de manera normal, sin que los hombres usen ropa de mujer, como sucede con quienes se disfrazan de chicotera. “Es una fiesta que realmente no conozco muy bien”, aclaró el obispo.
En otro periódico de la región, se publicó la supuesta declaración atribuida al obispo de la Diócesis de Altamirano, que forma parte de la Región Pastoral Sur, que los disfraces de las chicoteras son una forma de fomentar las manifestaciones del homosexualismo, por lo cual el guía espiritual de los católicos calentanos, se pronunciaba porque no se llevara a cabo la fiesta mencionada.
Sin embargo, éste 13 de agosto en la casa del fiestero mayor, el baile de las chicoteras estaba en todo su apogeo. Vestidas como lo han hecho desde hace décadas -algunas guananchas dicen que hace siglos- las chicoteras bailan y consumen cerveza al ritmo de Jorge Pérez y su órgano melódico. Las que participan en la fiesta, por gusto, por manda o porque fueron contratadas, ahí permanecen, mientras que otras van de un barrio a otro, de un domicilio a otro, en donde los fiesteros han organizado el festejo a la Asunción de María.
Desde las dos de la tarde comienzan a llegar al domicilio de José Luís Antúnez mujeres llevando canastas con ofrendas (pan de vaqueta, piñas, dulces y comida), las que entregan a la madre de quién en ésta ocasión es el fiestero mayor del Barrio de Abajo, en esta localidad. En el interior del domicilio se puede observar un altar cuidadosamente adornado con flores naturales y arreglos de papel, en donde está una imagen de la patrona del pueblo, la Asunción de María.
En el amplio corredor se sientan decenas de mujeres que reciben a las que van llegando con la ofrenda. Afuera, llegan grupos de tres o cinco chicoteras de otras fiestas del mismo barrio y se ponen a bailar al ritmo de quien fuera ídolo de los costeños del estado, allá por los años ochenta, Jorge Pérez.
Sus figuras se antojan grotescas, aunque pareciera que eso quisieran experimentar en quienes los ven: pelucas de color rubio, pelirrojo, castaño, negro, azul, púrpura. El maquillaje exagerado para resaltar la boca y los ojos, es aún más brillante por el sudor que emana del ejercicio permanente del baile. Portan faldas pequeñas que resaltan piernas peludas que son semicubiertas con medias. En los pechos se han puesto enormes trozos de hule espuma para resaltarlos, por lo cual contrastan con sus escasas nalgas.
Llevan en una mano una cerveza y en la otra un chicote hecho con cable de luz eléctrica, con el cual amenazan con golpear a sus acompañantes, que a su vez con plumones se pintan bigotes, barba o patillas de color negro. Atado al nivel de la cintura se han colocado un costal, que semeja una falda. Ambos usan lentes negros anchos para ocultar su identidad. Y bailan, una y otra vez abrazados a una chicotera. Solo eso.
De pronto, la música hace un alto. En ese momento llegan las guananchas, encabezadas por la Guanancha mayor. Llevan consigo un cirio pascual, llamado la vela. Vienen con él desde la Parroquia de la Asunción, acompañadas por una banda de música de viento.
El fiestero mayor es llamado a recibir la vela con la que la virgen de la Asunción ha estado siendo venerada durante nueve días. Piden una pieza musical, comienzan a bailar para entregar la vela al fiestero mayor, quien la deposita en el altar de su casa. Después, le tocan otra pieza y baila rodeado de las guananchas, que son quienes han velado a la virgen en ese lapso.
Nos quisieron también quitar la lavadera
No hay en ese rito ni un asomo “de violencia o de falta de respeto a la virgen” defiende doña Alejandrina, Guanancha mayor en ésta fiesta, entrevistada al retirarse de la casa. Acompañada de las demás guananchas, reaccionan con energía al preguntarles si las chicoteras son una forma de promover el homosexualismo.
“Esta es una tradición desde hace muchos años. Tengo setenta y tantos años y ya mi abuela me decía que esta tradición ya era vieja. Es un baile de alegría por la virgen, es para tenerla alegre a ella, que esté alegre con su pueblo. Le bailamos a ella, no para nosotros”.
_¿Estaría de acuerdo en que desapareciera, como propone el obispo?.
Por unos momentos la pregunta la desconcierta. Pero luego reacciona: “Nunca. Mientras haya quién reciba la fiesta, seguiremos haciendo las chicoteras. Los hombres vienen a pagar mandas o favores recibidos por la virgen, otros son contratados por otros que no se quieren vestir, no es nada malo que se disfracen de mujeres, no vemos por qué”, puntualiza.
Otra agrega que antes del inicio de las fiestas fueron convocadas por el padre Abel, párroco del templo de La Asunción, a tres reuniones para tratar de evitar las chicoteras. “Querían quitarnos también la lavadera (fiesta en la que las guananchas van al río de San Juan Mina o al arroyo de alguno de los pueblos de Tlapehuala a lavar las ropas de los santos de la parroquia). Pero no pudieron. Es una fiesta de alegría por nuestra virgen”, insiste.
Por su parte, el fiestero mayor del Barrio de Arriba, el joven Marcos Cortés, dijo que no habría razón para suspender una fiesta así, pues quienes participan lo hacen por devoción, por pagar sus mandas y por gusto. No hay nada malo ni ofensivo en continuar con una tradición tan antigua que no ofende a nadie, concluyó.

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